lunes, 4 de noviembre de 2013

Crítica a favor: El Samurai, por Luis Palacio.


“¡Sos un asesino hermoso! pero nunca serás Alain Delon”

La frase rosa/sospechosa del título de este artículo  le pertenece a Madonna, que en su última gira The MDNA Tour, recorrió el mundo cantando la pista Beautiful Killer, un homenaje a Alain Delon y a su papel en la película El Samurai donde dio vida al  frío asesino Jef Costello.

Tal vez lo anterior sea una prueba fehaciente de la cultura pop no ha perdido del todo sus estribos ya que  en efecto, cincuenta años después  del estreno  de esta película dirigida por Jean Pierre Melville,   la figura  de Costello sigue intacta como uno de los criminales más contundentes de la historia del cine.

¿Y cómo no? Si después de ver esta peli es cuando menos  imposible olvidar el  rostro pulcrísimo  y seductor—todos los hombres deberían reconocerlo-- del entonces treintañero Alain Delon, paseándose  por las calles de París sombrero a la medida, sobre todo caqui  y  tempano de hielo en la mirada.

Costello, que  vive en una habitación  casi vacía,  verdosa y decadente acompañado de un pájaro que le canta  mientras él fuma, se gana la vida matando sin dejar rastro. Después de asesinar al dueño de un bar de jazz y ser arrestado como sospechoso del crimen es perseguido por quienes encargaron el trabajo por temor a ser delatados.

Pero qué poco lo conocen!.. él  es todo un mar de silencio; tanto, que prefiere pasarse  callado los primeros ocho minutos del film y solo abrir la boca para lo absolutamente necesario: crear una coartada.

Delon: soberbio, en el que quizás sea el gran papel de su carrera. Sin palabras  nos hace  saber o al menos presentir quién es, cuál es su código ético e incluso la ausencia de discurso le alcanza para insinuarnos  de entrada que será difícil robarle una sonrisa  en los 105 minutos de metraje.

El film se nutre  de una puesta en escena impecable mostrando lo que importa “¡Aquí está pasando esto y punto!”, diría Melville, que también dibuja otros personajes en un circuito  en el que aparecen sus  objetivos pero nunca sus motivaciones.

Y he allí la soledad como solo  Melville la podía delinear. El mismo director de El Ejército de las Sombras  dotó a esta película  de una  tranquilidad  y minimalismo absoluto (como poca veces se vio  en el   ambiguamente llamado cine negro) que puestas en la lente de otro director  de seguro hubiese desembocado en un  río de balas y sangre artificial.  Nada de eso! aquí solo hay espacio para la  exquisitez de un guión redondo como una bola de billar.





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