lunes, 4 de noviembre de 2013

Crítica en contra: The boy in the stripped pyjamas, por Agustina Pagano.

Otra película más sobre el Holocausto.

El abundante número de películas que  retoman el Holocausto nos obligan hoy a pensar: ¿Es posible narrar el horror? Y ¿Desde donde hacerlo? Luego de ver la producción británico-estadounidense  estrenada en 2008, The boy in the stripped pyjamas, queda un sabor amargo, y la sospecha de que no es el film sino la historia real, la que una y otra vez vuelve y habla por sí misma. No hace falta decir mucho sobre el contexto del relato, que transcurre hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. Los personajes principales son Bruno y Shmuel dos niños de ocho años, que entablan una improbable amistad a través del cerco de un campo de concentración. Y digo improbable porque mientras Bruno es de origen alemán, hijo de un soldado nazi encargado de administrar el campo que podría ser Auschwitz y vive en cercanías por el trabajo de su padre, Shmuel es judío y se encuentra recluido en ese mismo lugar junto a muchas otras víctimas. 

Como suele ocurrir en estas películas con pretensiones de escarmiento emocional sobre el público, el relato se encuentra en función del peor de los finales, sobre todo la amistad de estos dos pequeños, rodeada de un halo de excesiva inocencia que casi raya la ignorancia. Es así que los protagonistas sufrirán el mismo castigo que los espectadores, aprendiendo la lección de la forma más terrible. La película tiene una realización impecable, se lleva un gran mérito la ambientación, sobre todo el vestuario que junto con una narración muy ordenada, logran a lo largo del film hacernos entrar realmente en el clima de la  época. Pero es aquí donde algo huele a repetido: resulta fácil contraponer la inocencia de la infancia con el ya mencionado horror, confiando en que los fuertes contrastes aunque montados sutilmente, deberán impactar emocionalmente a la audiencia. Como por ejemplo la escena donde aparece un hombre judío, desaliñado y esclavizado, pelando papas en la cocina impecablemente burguesa de un hogar nazi: se trata de un fuerte contraste pero una jugada poco arriesgada a la hora de la puesta en escena. 

Mientras me invade la sensación de que “esta historia ya la vi” a pesar del innovador recurso de apelar a la niñez y la inocencia no puedo dejar de recordar el polémico trabajo de Leni Riefensthal, quien también se dedicó a grabar el horror sin apelar tan descaradamente al sentimentalismo, volviendo inolvidables en su film Triumph Des Willens las largas filas de soldados incorporados a la maquinaria de matar. ¿Cuán solemne, dramática o impactante debe ser una película sobre el holocausto como para estar a la altura de las circunstancias, es decir  nuevamente, del horror que intenta relatar?

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