El abundante número de películas
que retoman el Holocausto nos obligan
hoy a pensar: ¿Es posible narrar el horror? Y ¿Desde donde hacerlo? Luego de
ver la producción británico-estadounidense estrenada en 2008, The boy in the stripped pyjamas, queda un sabor amargo, y la
sospecha de que no es el film sino la historia real, la que una y otra vez
vuelve y habla por sí misma. No hace falta decir mucho sobre el contexto del
relato, que transcurre hacia el final de la Segunda Guerra Mundial. Los
personajes principales son Bruno y Shmuel dos niños de ocho años, que entablan
una improbable amistad a través del cerco de un campo de concentración. Y digo
improbable porque mientras Bruno es de origen alemán, hijo de un soldado nazi
encargado de administrar el campo que podría ser Auschwitz y vive en cercanías
por el trabajo de su padre, Shmuel es judío y se encuentra recluido en ese
mismo lugar junto a muchas otras víctimas.
Como suele ocurrir en estas
películas con pretensiones de escarmiento emocional sobre el público, el relato
se encuentra en función del peor de los finales, sobre todo la amistad de estos
dos pequeños, rodeada de un halo de excesiva inocencia que casi raya la ignorancia.
Es así que los protagonistas sufrirán el mismo castigo que los espectadores,
aprendiendo la lección de la forma más terrible. La película tiene una
realización impecable, se lleva un gran mérito la ambientación, sobre todo el
vestuario que junto con una narración muy ordenada, logran a lo largo del film
hacernos entrar realmente en el clima de la época. Pero es aquí donde algo huele a
repetido: resulta fácil contraponer la inocencia de la infancia con el ya
mencionado horror, confiando en que los fuertes contrastes aunque montados
sutilmente, deberán impactar emocionalmente a la audiencia. Como por ejemplo la
escena donde aparece un hombre judío, desaliñado y esclavizado, pelando papas
en la cocina impecablemente burguesa de un hogar nazi: se trata de un fuerte
contraste pero una jugada poco arriesgada a la hora de la puesta en escena.
Mientras me invade la sensación de que “esta historia ya la vi” a pesar del
innovador recurso de apelar a la niñez y la inocencia no puedo dejar de
recordar el polémico trabajo de Leni Riefensthal, quien también se dedicó a
grabar el horror sin apelar tan descaradamente al sentimentalismo, volviendo
inolvidables en su film Triumph Des
Willens las largas filas de soldados incorporados a la maquinaria de matar.
¿Cuán solemne, dramática o impactante debe ser una película sobre el holocausto
como para estar a la altura de las circunstancias, es decir nuevamente, del horror que intenta relatar?

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