lunes, 4 de noviembre de 2013

Crítica en contra: El Santo de la Espada, por Carlos Biederman.


Cuando el mero despliegue no alcanza.
EL SANTO DE LA ESPADA , Argentina,1970.

Film de carácter histórico dirigido por Leopoldo Torre Nilsson con la pretensión – a mi criterio frustrada--de reflejar la gesta sanmartiniana. Contó con una producción muy generosa en  lo que se refiere a lo material  en particular si pensamos en los estándares argentinos de la época.

Nuestro país atravesaba los años de otro gobierno militar. Efectivamente se vivía bajo el régimen de la llamada Revolución Argentina presidida por el Gral. Onganía desde 1966.Era necesario mostrar que lo militar estaba asociado a todo lo bueno y positivo.

La opción era clara: se toma la figura de San Martín pues éste exhibe una imagen de ética impecable y así el homenaje de que se lo hace objeto vehiculiza simultáneamente  destacar el rol de las fuerzas armadas.
Aparece una carga ideológica clara y contundente, más allá de la innegable epopeya de los soldados y de quien toma la  responsabilidad de llevar  a cabo una  gesta de tal envergadura. Objetivo: enfrentar a España para libertar estas tierras y –nada menos – que cruzar la cordillera de los Andes para emancipar Chile  y continuar posteriormente en la lucha por la libertad hacia Perú. El relato va mostrando los esfuerzos, sacrificios y  logros de tamaña empresa.

Para la realización de esta película se efectuó una  significativa recopilación de documentación histórica,  se contó con numerosos extras en las escenas bélicas y  con el concurso de muchos de los mejores actores de esos años apuntando a una gran producción-homenaje.

No obstante las buenas intenciones, se cae en una exposición muy primaria de estampas escolares bastante básicas que apenas disimula un enfoque primitivo del tema.
Y entonces el efecto tan temido de la patriótica estatua de bronce se torna inevitable.
Sobran algunas escenas un tanto machaconas y faltan otras que evidencien la magnitud de la agudeza táctica y estratégica de San Martín.

Llama la atención en un Torre Nilsson que en tantos films trasuntó sutilezas en la descripción de personajes y en los que abundaba en matices y claroscuros propios de los seres humanos.  
Aquí, por el contrario, aparece el trazo grueso. Será quizás resultado de la presión de un Estado que marcaba qué cosas pueden decirse y cómo deben ser reflejadas.
La marcación de los intérpretes es meramente correcta pues no pueden apartarse de aquella encorsetadura. Como los personajes han mutado en prototipos actores y actrices cumplen así solo con oficio, aportando una lectura muy inferior a sus méritos en anteriores trabajos.


La fría narración se torna farragosa en ciertos tramos que le restan agilidad a las vicisitudes mostradas -- eso --sí con una muy destacable fotografía de exteriores que capta el contraste del hombre en medio de una imponente naturaleza. 

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